noviembre 2024

Los sentimientos de los fotógrafos son fundamentales en la creación de una imagen, ya que influyen directamente en cómo ven el mundo y eligen representarlo. Cada fotógrafo se acerca a su obra con una perspectiva única, y sus emociones y experiencias personales afectan profundamente la manera en que capturan un momento. Estos sentimientos pueden variar desde la fascinación y el asombro hasta la tristeza o la indignación, dependiendo del tema que decida fotografiar y de lo que quieren expresar. Para algunos, la fotografía es una forma de celebrar la belleza de la vida y capturar momentos de alegría, paz o conexión. Para otros, puede ser una manera de explorar el dolor, la soledad o la injusticia, revelando realidades difíciles que a menudo no se ven a simple vista. Las emociones de un fotógrafo pueden hacer que la cámara sea una especie de confianza silenciosa, capturando aquello que quizás no pueden expresar con palabras. Además, la fotografía permite a los fotógrafos explorar sus propias identidades y encontrar significado en sus experiencias personales. Las imágenes que crean se convierten en una extensión de sus pensamientos y emociones, una especie de diario visual que documenta su percepción del mundo. Al final, cada fotografía es tanto un testimonio de lo que el fotógrafo ha visto como de cómo ha sentido ese instante, invitando al espectador a ver el mundo a través de sus ojos y sus sentimientos.

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Muy temprano, antes de que asome el sol por un extremo del valle y la brillante luna llena se oculte detrás la cumbre más alta, aquella que ya casi toca a la estrella más lejana, antes de que se descongele el agua de la lluvia que se empozó durante la noche en los alrededores de su casa por las temperaturas tan bajas la cuales congelarían a cualquier oso polar, Justina ya estaba en pie y aún despejándose de la pereza del sueño y el frío. El tiempo vuela y mientras enciende con sus soplidos la leña que metió en su cocina de barro que ya empieza humear, va despertando con pena y firmeza a sus dos niñas que cobijadas, calientes y ajenas al correteo de su madre se encuentran durmiendo sobre la piel de carnero y cubiertos por gruesas frazadas de lana. La rústica cocina de barro inunda de humo toda la casa antes de que la flama aparezca, Justina airea la madera seca con soplidos profundos, aspira el humo y lo expira nuevamente hasta que aparecen las llamas. Desde niña ha adsorbido ese humo pero no es consciente del daño que le produce. Ahora las niñas también lo aspiran ya que la casa cerrada no permitía el desfogue y es tan normal para ellos. Así Justina apurada manipula los alimentos sirviéndole a las niñas y apurándolas a la vez para que suban a la bicicleta.Las niñas tiene frío y les cuesta lavarse las manos y sus chaposos rostros curtidos por la baja temperatura, se alistan, toman su desayuno y esperan a su madre para salir, ya el sol está alumbrando con más fuerza, va calentado el ambiente. Justina le dice a la más pequeña que es hora de subir a la bicicleta y enrumbar por la carretera puneña a casi cuatro mil metros de altura para llevarlos a su escuela. No se queja, lo hace con orgullo, con amor y de puro corazón, es parte de lo que le tocó vivir. La bicicleta ya está lista y Justina la monta, a su espalda en la manta va la pequeñina, su niña monta en la parte posterior, coloca su pie en el pedal y se impulsa iniciando así su recorrido, luego ya a gran velocidad corre por la alta carretera de asfalto. Va sintiendo la brisa helada sobre su rostro endurecido, curtido pero sonriente mientras en su espalda que aún no sufre los estragos del trabajo agrícola, lleva el fruto de sus entrañas. Su corazón late con gran fuerza dejando escuchar sus latidos por toda la pampa infinita y elevada, se escuchaba en la distancia, como si fueran poderosos truenos en una tarde donde se anuncia la llegada de la tormenta y su sangre corre velozmente por sus venas y arterias calentando cómo lava volcánica su cuerpo abrigado por las polleras, calentando también su alma luchadora. El bello cielo de color azul intenso con sus grandes nubes algodonosas que toman formas como de gigantes colosales que vigilan a los humanos, acompañan su recorrido que es tan habitual, pero a ellos no les llama la atención, es la rutina visual, la mujer con sus niñas a la espalda sólo ven en la distancia cómo la carretera se va perdiendo en el horizonte lejano. En ese momento me encontraba realizando fotografías sobre viviendas en las zonas altas de puno cuando en la distancia veo aparecer una bicicleta, corrí al filo de la carretera y era Justina con sus dos niñas, no detuvo su marcha, no giro la cabeza para la foto porque estaba concentra en la carretera pero si sonrió, las niñas me observaron con curiosidad, y siguieron sin variar velocidad. Ella confía, tiene claramente en su mente que sus pequeñas podrán alcanzar sus sueños, se dice mientras pedalea: “Mientras más conozcan del mundo, al aprender más, tendrán un mejor futuro” y se esfuerza por ellos. Así, la vi pasar fugazmente, apareció en la distancia, la vi acercarse, cómo sonrió para la foto, para luego observar con admiración cómo se pierde en la distancia, donde la carretera se convierte en un punto lejano, allá donde la vista ya no alcanza.  

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Al observarla tan concentrada, con su mirada atenta al cuaderno, preocupada por resolver los cálculos de una operación aritmética, absorta en un mundo paralelo, no me atreví a distraerla. En ese momento ya no miraba la oscura cocina de su casa, en un olvidado asentamiento humano, donde año tras año vivió una historia de sumisión, que se tornó tan habitual que ahora no comprendía cómo es que no pudo imponer su fuerza de voluntad en ese entonces. Súbitamente, el fuego de una hornilla se elevó muy al to asustándola. En ese instante reaccionó, al ver en un espejo añejo, ubicado al costado de la cocina, el reflejo de su imagen y la de su cocina misma. Ambas habían envejecido juntas y en silencio. Entonces se dio cuenta de cómo las paredes de ladrillos, sin tarrajear, se ennegrecieron como sus pulmones por el hollín producido por la leña y el carbón con que alimentaba el fuego. Sus manos contrastaban con el resplandor de las ollas de aluminio desgastadas, pero que servían aún para hervir el agua y cocinar. Su rostro dibujó una sutil sonrisa, quizás reprimida al saber que ya no vería platos sucios por doquier. Evocó una escena cotidiana, cuando su esposo e hijos dejaban los trastes tirados y se iban corriendo a jugar, estudiar o dormir, porque se acostumbraron a dejar que ella se encargue de todas las labores domésticas. Eran otros tiempos. Cuando vivía en el campo, abría la puerta de madera de su casa y veía la chacra inclinada en la ladera de la montaña. Ahora ya no la vería más. Esa ladera donde, en las mañanas frías antes de que salga el sol, araba la tierra para sembrar en los hondos surcos, que luego regaba para que sus cultivos crecieran y que, meses después, ella cosecharía. Su espalda, encorvada por tantos años de trabajo, le dolía, pero nunca se quejó. Ya no estaban los niños, hijos, sobrinos o nietos, que gritaban por peleas sin sentido, que nunca le dejaban tiempo libre para dedicarlo a ella misma. Ya no estaba el esposo gritón y golpeador. Su vida la había dedicado a una familia que le pagó con ingratitud. Mientras la asaltaban los recuerdos, mirando sus manos pequeñas, percibió cuánto habían cambiado. De niña eran delicadas, pero la vida ruda del campo las volvieron fuertes. Ahora eran manos de mujer madura, arrugadas y atacadas por la artrosis, cada vez más temblorosas, pero que aún podían sostener un lápiz con la suficiente fuerza y perseverancia para escribir números sobre una hoja de papel cuadriculado. No titubeó cuando tuvo la oportunidad de terminar sus estudios. La asumió con determinación. Su mente ya no se aturullaba al ver tantos números. Pudo comprender las matemáticas con cierta facilidad, puesto que llevó a la práctica tantas operaciones aritméticas en la escuela de la vida, que ya era toda una autodidacta sin saberlo. Aprendió a leer y escribir con naturalidad, porque su vida también era una novela. Se redescubrió ella misma, su espíritu luchador así se lo exigía. Como sabía que tenía tiempo, renació en ella el anhelo de transformarse, de abandonar las viejas ideas que por tantos años la reprimían. Estaba decidida a pelear y superar cualquier obstáculo que se presentase. Sus armas eran un cuaderno, un lápiz con borrador y sus ganas de aprender. Ya dominaba las letras y los números. Ahora estaba decidida a dominar su destino. Llegar a la senectud es inevitable y la mayoría siempre evita pensar en ello hasta que es demasiado tarde. Cada vez más personas mayores, afortunadamente, se esfuerzan por educarse y progresar, a pesar de su edad. Se resisten a ser encasillados, como que solo sirven para cuidar nietos o que debieran sentarse a ver televisión o vivir de sus recuerdos, dejando que los pocos años que les restan los sepulten en vida. Tantas remembranzas, toda aquella experiencia es una voz que lucha por no ser silenciada ni olvidada. Es un hermoso legado de sabiduría que ellos quieren transmitir a la posteridad.

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