Se llamaba Elizabeth. Llegó al Perú muy joven desde Inglaterra. En las calles de Londres conoció a Ítalo, un pintor peruano con quien contrajo nupcias. Tras un año de matrimonio y con dos hijos a cuestas, decidió dejar el mundo que la vio crecer, siguiendo el dictado de su corazón. Su esposo, que era bohemio y aventurero, la convenció de emprender un viaje al Perú. Ella asintió porque creía que era una oportunidad para iniciar una nueva vida juntos. Pensaba que, una vez establecidos y con cierto capital, podrían traer a sus hijos al Perú. No fue fácil, pero estaba decidida. Ya en Lima, ella pronto empezó a conocer la amarga soledad por la conducta disoluta de Ítalo. Su habitual indiferencia y frivolidad le fueron quitando poco a poco su sonrisa y haciendo emerger las arrugas. Vivía de modo precario. Pasaba tantas horas trabajando en la calle que consideraba esta como su casa. Las gradas de las veredas fueron sus sillones; los postes de alumbrado público, sus lámparas; el viento frío y húmedo, su ventilador; y el cielo gris, su techo. Se propuso culturizar a un pueblo, no muy ávido de cultura, mediante la venta de libros. Su lugar de trabajo era el frontis del colegio Guadalupe, en la avenida Alfonso Ugarte, en pleno centro de Li ma. Todas las mañanas repetía el ritual de acomodar sus libros. Algunos los paraba y otros los recostaba sobre un paño verde que tendía sobre la vereda. Acto seguido, se sentaba en las gradas y se ponía a leer plácidamente, mientras esperaba que algún transeúnte se animara a comprar o, al menos, a preguntar. Pero no, la mayoría de la gente pasaba en tropel, sin apenas mirarla. Muchas veces se sentía invisible en medio de ese mar humano. Una mañana, antes de abandonar su casa, se miró en su viejo espejo y se arregló unos cabellos algo revueltos, como lo hacía siempre. Se apresuró a salir, llevando su bolsa de nylon grande y pesada donde transportaba sus libros. Cerró su puerta e inició su marcha sin mirar atrás. Vivía cerca de la zona donde expendía sus libros. Las combis —vehículos de transporte público informal— corrían imprudentemente a gran velocidad, mientras sus cobradores gritaban con frenesí los nombres de calles harto concurridas. La vía pública era un pandemonio, mientras ella la transitaba con sus bultos grávidos en medio del caos. Aunque sentía que no lograba encajar en este mundo, quería ayudar a cambiarlo. Creía que el sacrificio valía la pena. Lima era aquel gran infierno que quería apagar. Lima era el tortuoso padecimiento al que se enfrentaba todos los días. En esa fecha fatídica, Elizabeth estaba caminando por el cruce de las avenidas Alfonso Ugarte con Venezuela, cuando apareció repentinamente una combi rugiendo, cual bestia salvaje, sin ninguna intención de frenar. La embistió haciéndola volar varios metros, cual Ícaro con sus alas extendidas. Cayó pesadamente sobre el asfalto húmedo y frío, quedando inerte, decúbito supino, con los brazos abiertos y su triste mirada perdida en el éter. Su bolsa de nylon se elevó con ella. Ahora estaba rota por un lado y de allí salieron disparados varios libros que llevaba. Las novelas y enciclopedias se elevaron en el aire como aves que buscan su libertad. La metrópoli se detuvo durante diez minutos, en los que la gente pudo satisfacer su morbo, tomar fotos o hacerse algún selfie con aquella trágica escena de fon do. Algunos exigían que detengan al chofer y no falta ron los carroñeros que aprovecharon la situación para llevarse algún libro. Nada se podía hacer, ella había partido. La vida no se detiene. Al día siguiente, otro vendedor ocupó su lugar, solo que este vendía emoliente, pan con huevo, palta y torrejas. Era un sitio muy concurrido, pe ro toda la gente estaba de paso, solo los vendedores ambulantes permanecían allí por horas y alguno quizás se preguntó: “¿Qué le sucedió a la señora que vendía libros?”, y allí terminó su historia.

Hado Fatal Leer más »