
Muy temprano, antes de que asome el sol por un extremo del valle y la brillante luna llena se oculte detrás la cumbre más alta, aquella que ya casi toca a la estrella más lejana, antes de que se descongele el agua de la lluvia que se empozó durante la noche en los alrededores de su casa por las temperaturas tan bajas la cuales congelarían a cualquier oso polar, Justina ya estaba en pie y aún despejándose de la pereza del sueño y el frío. El tiempo vuela y mientras enciende con sus soplidos la leña que metió en su cocina de barro que ya empieza humear, va despertando con pena y firmeza a sus dos niñas que cobijadas, calientes y ajenas al correteo de su madre se encuentran durmiendo sobre la piel de carnero y cubiertos por gruesas frazadas de lana. La rústica cocina de barro inunda de humo toda la casa antes de que la flama aparezca, Justina airea la madera seca con soplidos profundos, aspira el humo y lo expira nuevamente hasta que aparecen las llamas. Desde niña ha adsorbido ese humo pero no es consciente del daño que le produce. Ahora las niñas también lo aspiran ya que la casa cerrada no permitía el desfogue y es tan normal para ellos. Así Justina apurada manipula los alimentos sirviéndole a las niñas y apurándolas a la vez para que suban a la bicicleta.Las niñas tiene frío y les cuesta lavarse las manos y sus chaposos rostros curtidos por la baja temperatura, se alistan, toman su desayuno y esperan a su madre para salir, ya el sol está alumbrando con más fuerza, va calentado el ambiente. Justina le dice a la más pequeña que es hora de subir a la bicicleta y enrumbar por la carretera puneña a casi cuatro mil metros de altura para llevarlos a su escuela. No se queja, lo hace con orgullo, con amor y de puro corazón, es parte de lo que le tocó vivir. La bicicleta ya está lista y Justina la monta, a su espalda en la manta va la pequeñina, su niña monta en la parte posterior, coloca su pie en el pedal y se impulsa iniciando así su recorrido, luego ya a gran velocidad corre por la alta carretera de asfalto. Va sintiendo la brisa helada sobre su rostro endurecido, curtido pero sonriente mientras en su espalda que aún no sufre los estragos del trabajo agrícola, lleva el fruto de sus entrañas. Su corazón late con gran fuerza dejando escuchar sus latidos por toda la pampa infinita y elevada, se escuchaba en la distancia, como si fueran poderosos truenos en una tarde donde se anuncia la llegada de la tormenta y su sangre corre velozmente por sus venas y arterias calentando cómo lava volcánica su cuerpo abrigado por las polleras, calentando también su alma luchadora. El bello cielo de color azul intenso con sus grandes nubes algodonosas que toman formas como de gigantes colosales que vigilan a los humanos, acompañan su recorrido que es tan habitual, pero a ellos no les llama la atención, es la rutina visual, la mujer con sus niñas a la espalda sólo ven en la distancia cómo la carretera se va perdiendo en el horizonte lejano. En ese momento me encontraba realizando fotografías sobre viviendas en las zonas altas de puno cuando en la distancia veo aparecer una bicicleta, corrí al filo de la carretera y era Justina con sus dos niñas, no detuvo su marcha, no giro la cabeza para la foto porque estaba concentra en la carretera pero si sonrió, las niñas me observaron con curiosidad, y siguieron sin variar velocidad. Ella confía, tiene claramente en su mente que sus pequeñas podrán alcanzar sus sueños, se dice mientras pedalea: “Mientras más conozcan del mundo, al aprender más, tendrán un mejor futuro” y se esfuerza por ellos. Así, la vi pasar fugazmente, apareció en la distancia, la vi acercarse, cómo sonrió para la foto, para luego observar con admiración cómo se pierde en la distancia, donde la carretera se convierte en un punto lejano, allá donde la vista ya no alcanza.
