Nunca es demasiado tarde

Al observarla tan concentrada, con su mirada atenta al cuaderno, preocupada por resolver los cálculos de una operación aritmética, absorta en un mundo paralelo, no me atreví a distraerla. En ese momento ya no miraba la oscura cocina de su casa, en un olvidado asentamiento humano, donde año tras año vivió una historia de sumisión, que se tornó tan habitual que ahora no comprendía cómo es que no pudo imponer su fuerza de voluntad en ese entonces. Súbitamente, el fuego de una hornilla se elevó muy al to asustándola. En ese instante reaccionó, al ver en un espejo añejo, ubicado al costado de la cocina, el reflejo de su imagen y la de su cocina misma. Ambas habían envejecido juntas y en silencio. Entonces se dio cuenta de cómo las paredes de ladrillos, sin tarrajear, se ennegrecieron como sus pulmones por el hollín producido por la leña y el carbón con que alimentaba el fuego. Sus manos contrastaban con el resplandor de las ollas de aluminio desgastadas, pero que servían aún para hervir el agua y cocinar. Su rostro dibujó una sutil sonrisa, quizás reprimida al saber que ya no vería platos sucios por doquier. Evocó una escena cotidiana, cuando su esposo e hijos dejaban los trastes tirados y se iban corriendo a jugar, estudiar o dormir, porque se acostumbraron a dejar que ella se encargue de todas las labores domésticas. Eran otros tiempos. Cuando vivía en el campo, abría la puerta de madera de su casa y veía la chacra inclinada en la ladera de la montaña. Ahora ya no la vería más. Esa ladera donde, en las mañanas frías antes de que salga el sol, araba la tierra para sembrar en los hondos surcos, que luego regaba para que sus cultivos crecieran y que, meses después, ella cosecharía. Su espalda, encorvada por tantos años de trabajo, le dolía, pero nunca se quejó. Ya no estaban los niños, hijos, sobrinos o nietos, que gritaban por peleas sin sentido, que nunca le dejaban tiempo libre para dedicarlo a ella misma. Ya no estaba el esposo gritón y golpeador. Su vida la había dedicado a una familia que le pagó con ingratitud. Mientras la asaltaban los recuerdos, mirando sus manos pequeñas, percibió cuánto habían cambiado. De niña eran delicadas, pero la vida ruda del campo las volvieron fuertes. Ahora eran manos de mujer madura, arrugadas y atacadas por la artrosis, cada vez más temblorosas, pero que aún podían sostener un lápiz con la suficiente fuerza y perseverancia para escribir números sobre una hoja de papel cuadriculado. No titubeó cuando tuvo la oportunidad de terminar sus estudios. La asumió con determinación. Su mente ya no se aturullaba al ver tantos números. Pudo comprender las matemáticas con cierta facilidad, puesto que llevó a la práctica tantas operaciones aritméticas en la escuela de la vida, que ya era toda una autodidacta sin saberlo. Aprendió a leer y escribir con naturalidad, porque su vida también era una novela. Se redescubrió ella misma, su espíritu luchador así se lo exigía. Como sabía que tenía tiempo, renació en ella el anhelo de transformarse, de abandonar las viejas ideas que por tantos años la reprimían. Estaba decidida a pelear y superar cualquier obstáculo que se presentase. Sus armas eran un cuaderno, un lápiz con borrador y sus ganas de aprender. Ya dominaba las letras y los números. Ahora estaba decidida a dominar su destino. Llegar a la senectud es inevitable y la mayoría siempre evita pensar en ello hasta que es demasiado tarde. Cada vez más personas mayores, afortunadamente, se esfuerzan por educarse y progresar, a pesar de su edad. Se resisten a ser encasillados, como que solo sirven para cuidar nietos o que debieran sentarse a ver televisión o vivir de sus recuerdos, dejando que los pocos años que les restan los sepulten en vida. Tantas remembranzas, toda aquella experiencia es una voz que lucha por no ser silenciada ni olvidada. Es un hermoso legado de sabiduría que ellos quieren transmitir a la posteridad.
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